De Acampada

Nada mas volver de vacaciones la chikiasamblea propuso organizar una acampada.
Teníamos la costumbre de irnos todas las familias juntas a pasar una noche en “campaña” como despedida, pero la experiencia en Romanillos despertó el gusanillo de un reto mayor: pasar una noche fuera de casa (sin papás ni mamás).
A partir de esta propuesta comenzaron los preparativos: quién se apunta? Qué hay que llevar? A dónde iremos? ¿cómo llegaremos? … Elegir el lugar, la fecha, el numero de días; elaborar listas de objetos necesarios, pensar el menú, hacer la compra; decidir si ir o no ir, “¿me siento capaz de separarme de mi familia por la noche, caminar con mi macuto, …?”
Después de valorar las opciones, decidimos pasar solo una noche a pesar de que el impulso nos daba ganas de irnos tres o cuatro. Pero ya suponía bastante peso trasladar todo lo necesario y como primera experiencia nos bastaba. Nuestro destino sería un refugio libre de montaña en la Morcuera. El grupo lo conformábamos 7 niños y niñas de entre 4 y 8 años y 4 acompañantes
adultos. Y así, una mañana de primeros de octubre un grupo de pequeños aventureros se encaminó, macutos a cuestas cual caracoles, senda abajo en busca de una casita en la que pasar la noche.
Seguros de nuestra capacidad, fortalecidos por la ilusión, buscando rincones en los que parar a retomar fuerzas, logramos alcanzar nuestro objetivo: un espléndido paraje de verdes praderas, un riachuelo, un bosque de pinos y un refugio chiquito, pintado de verde que parece sacado de un cuento. Estábamos tan emocionadas que nada más llegar, a eso de la 1 de la tarde, sacamos los sacos, colocamos nuestras cosas y nos pusimos los pijamas!! Pero tras la comida, nos dimos cuenta de que aún nos quedaba muchas luz por delante y el día soleado nos permitió explayarnos explorando los alrededores.
Al caer la tarde, bajó la temperatura y nos dispusimos a buscar leña para caldear la casa pero… nos topamos con un imprevisto: la chimenea revocaba y en un abrir y cerrar de ojos nuestra humilde morada se nos llenó de un humo irrespirable. Andábamos sorprendidos, sin saber qué hacer cuando la montaña nos envió un caminante tardío que nos indicó el camino hacia otro refugio algo
más arriba del camino pero mucho mejor preparado y acogedor. Y ahora qué hacemos? Si es casi de noche? Los pequeños aventureros no tuvieron duda: tenemos que armarnos de valor e ir para allá.
Así que nos pusimos a recoger, nos vestimos, nos abrigamos, cargamos de nuevo con nuestros enseres y a paso ligero, sin perder el ritmo, al compás de alguna que otra canción, pasito a pasito, sin queja alguna ni descanso, con un solo objetivo: llegar arriba y refugiarnos del frío y de la noche … al cabo de una hora escasa se pudo percibir entre la oscuridad una pequeña construcción de piedra. ¡Hemos llegado! ¡Lo hemos conseguido! Y aquí si que logramos un buen fuego y prepararnos una rica sopa calentita. Y con las mejillas de nuevo encendidas por el calor y el cansancio acumulado de la aventura, fuimos entrando en nuestros sacos, todos muy pegaditos, a
escuchar los cuentos que nos fueron sumiendo en el sueño …
Llegó la mañana, y con la luz del día pudimos descubrir el paisaje montañoso que nos rodeaba. La ley de los montañeros establece que hay que dejar el refugio igual o mejor de lo que lo encontraste, preparado para sus siguientes moradores. De modo, que tras el desayuno, nos pusimos manos a la obra con la recogida y limpieza del lugar. Y entre un bártulo y otro encontramos un libro
de visitantes en el que pudimos leer los mensajes que otros habían escrito y dejar también nuestra huella pirata junto con unas velas y unas cerillas que nos sobraban.
De este modo llegó la hora de retornar, pasando de nuevo por la primera casa donde hicimos una parada para comer y descansar, y afrontando más tarde el camino cuesta arriba que, a pesar de haber aligerado la carga, ya no nos resultó tan fácil de recorrer. Pero poquito a poquito, contando los postes que nos indicaban lo que quedaba de senda y haciendo todos los altos en el camino que
necesitábamos, … alcanzamos la cumbre, donde nos recogieron los vehículos que nos llevaban a nuestros hogares y dónde terminó este reto que tan orgullosos nos hizo sentir.